Síndrome Post Covid-19

datos disponibles sobre la incidencia y evolución de las alteraciones post COVID son escasos y heterogéneos. Halpin y col. evaluaron a 100 pacientes (32 UCI), 48 días después del alta hospitalaria; la fatiga fue el síntoma más comúnmente reportado en un 72% y 60,3%, seguido de dificultad para respirar (65,6% y 42,6%) y angustia (46,9% y 23,5%), Grupo de UCI vs hospitalización no UCI respectivamente. Tendforde y col. Reportaron de una serie de 292 pacientes con COVID-19 leve (sin ingreso hospitalario), el 94% refirió uno o más síntomas (tos 43%, fatiga 35% o dificultad para respirar 29%). Carvalho-Schneider et al. demostraron que hasta 2 meses después del inicio de los síntomas, dos tercios de 150 adultos con COVID-19 no crítico presentaron principalmente anosmia / ageusia, disnea o astenia.
Carfi et al. y Wang et al., en una población de 143 pacientes (5% de ventilación invasiva) evaluados 60,3 días después de la aparición del primer síntoma de COVID-19, el 12,6% no reportaron síntomas relacionado con COVID-19, mientras que el 32% tenía 1 o 2 síntomas y el 55% 3 o más, como fatiga (53,1%), disnea (43,4%), dolor articular (27,3%) y dolor torácico (21,7%). Wang y col. evaluaron 131 pacientes con COVID-19 (media de edad 49, 52,6% de neumonía grave) semanalmente hasta 4 semanas. Al alta, el 40,4% tenía síntomas (principalmente tos 29,0%, fatiga 7,6%, expectoración 6,1%. Estos síntomas disminuyeron progresivamente en las 4 semanas posteriores al alta, con solo un 9,1% de pacientes sintomáticos, sin diferencias en función de la gravedad del cuadro inicial. Townsend et al. encontraron persistencia de fatiga en el 52,3% (67/128) hasta 10 semanas después del COVID-19 inicial, independientemente de la gravedad de la enfermedad inicial (44,5% manejados de forma ambulatoria), destacando la importancia de seguir a todos los pacientes diagnosticados de COVID, no solo los que requirieron hospitalización.
En cuanto a la disfunción pulmonar, Zhao et al.11 informaron que en 55 pacientes, 3 meses después del alta, el 64% presentaba síntomas persistentes y el 71% anomalías radiológicas y un 25% disminución de la capacidad pulmonar de difusión. En otro estudio, Huang et al., de 57 pacientes evaluados 30 días después del alta, encontraron disminución de la capacidad de difusión pulmonar (53%) y disminución de la fuerza de los músculos respiratorios (49%). Finalmente, van den Borst et al. demostraron que la capacidad de difusión pulmonar estaba por debajo del rango normal en el 42% (40/97) de los pacientes dados de alta, 13 semanas después del inicio de los síntomas del SARS-CoV-2; pero solo el 57% de los pacientes invitados acudieron a un centro de postratamiento. (1)
Los supervivientes de COVID-19 padecen dolores de cabeza, astenia, artromialgia, secuelas de lesiones tisulares (pulmón, corazón y piel) y neuropsicopatologías. Otras enfermedades virales impulsadas por el sistema inmunológico comparten con COVID-19 sus características de respuesta inmunitaria hiperinflamatoria, trastornos de la coagulación y convalecencia dolorosa. De hecho, este tipo de inflamación remanente postinfección y recaída de tipo autoinmune con artritis reumatoide, artromialgia, espondiloartritis y uveítis se han descrito para la enfermedad por el virus del Ébola y en menor grado, para dengue y West Fiebre del Nilo (2), post-chikungunya tras el brote de la Isla de la Reunión en 2006, posiblemente relacionado con un trastorno inflamatorio inadecuado. El SARS-CoV-2 probablemente podría desempeñar el mismo papel de desencadenante inmunológico, como ya se sabe en el síndrome de Guillain-Barré y otras enfermedades autoinmunes. (3) En nuestro medio hemos visto vasculitis, lesiones dermatológicas migrantes, cuadros clínicos similares a hipertiroidismo (referencia Dr. Marcos Parimango, endocrinólogo Hospital Regional de Loreto), disfunción olfatoria persistente (referencia Dr. Gerson Sánchez, otorrinolaringólogo)
Se plantea entonces una agenda de investigación sólida, que incluya estudios longitudinales durante varios años para comprender la naturaleza específica de los síntomas posteriores al COVID-19, la mejor manera de prevenir, minimizar y tratarlos, qué servicios y cuidados son más efectivos, qué pacientes tienen mayor riesgo (cómo la edad, las comorbilidades previas, los factores sociodemográficos y otros influyen en la prevalencia y los resultados) y qué obstáculos específicos surgen. Mensajes adecuados de salud pública también son cruciales para mejorar la educación de los pacientes y el público en general para establecer expectativas adecuadas sobre los desafíos que pueden encontrar los sobrevivientes. Ahora también debemos prestar atención a estas crecientes secuelas médicas y psicosociales de la infección a más largo plazo, “Sindrome Post-COVID-19 ”, y la mejor manera de afrontar este creciente desafío. (4)
Referencias

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